Una vela aromática de 230 g da 52 horas de luz. Esa es la cifra con la que trabajamos, y se cumple si la vela se trata bien desde el primer día. Si no, la misma vela puede dar la mitad y dejar cera pegada a las paredes del recipiente. Estas son las cuatro cosas que de verdad cambian el resultado.
1. El primer encendido decide toda la vida de la vela
La cera tiene memoria. En el primer encendido se forma un círculo fundido y, a partir de ahí, la vela volverá a fundirse siempre hasta ese mismo punto. Si la primera vez la apagas a los veinte minutos, se queda un pozo estrecho en el centro y la vela «tunelará»: bajará por el medio y dejará un anillo de cera intacto pegado al borde.
La regla: la primera vez, déjala encendida hasta que la cera fundida llegue al borde del recipiente. En una vela de 230 g eso suele ser entre dos y tres horas. Es el rato que más rendimiento te va a dar de toda la vela.
2. La mecha, corta
Una mecha larga hace una llama alta, y una llama alta quema cera sin perfumar más: consume antes y puede dejar hollín. Antes de cada encendido, recorta la mecha de algodón hasta dejarla en unos cinco milímetros. Si ves que la llama baila mucho o se alarga, es que le sobra mecha.
3. Cuatro horas seguidas, no más
Pasadas cuatro horas, la cera se ha calentado de más, la llama crece y el aroma deja de subir igual. Nuestras propias instrucciones lo dicen: apágala tras cuatro horas de uso ininterrumpido y déjala enfriar antes de volver a encenderla. Vas a oler más y va a durar más.
4. Lejos de las corrientes
Una corriente de aire —una ventana, un ventilador, la salida del aire acondicionado— desvía la llama, hace que la cera se funda en diagonal y se lleva el aroma antes de que llene la habitación. Busca un sitio quieto y en superficie resistente al calor.
Y cuando se acabe, la pieza se queda
El recipiente es de porcelana colada en molde y desmoldada a mano, con su tapa. Cuando la vela se termina, se limpia y sirve para lo que quieras: es la parte que más cuesta de hacer y la que no se gasta.
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